sábado, 9 de febrero de 2013

Mentiras deliberadas en torno a una tragedia



Francisco RIVAS LINARES

"El engaño de los otros puede terminar siendo el propio"


Francisco Martínez de la Vega fue un periodista y escritor que nos ilustraba –en nuestros años estudiantiles- con sus artículos de análisis político de mucha calidad en la revista Siempre!, que dirigía en ese entonces el maestro José Pagés Llergo. Próximo a cumplirse un aniversario más de su deceso, el que tuvo lugar en la ciudad de México el 18 de febrero de 1985, viene a mi memoria una anécdota que comparto con ustedes.

 

Un 7 de junio, con motivo del Día de la Libertad de Prensa, el entonces Presidente don Adolfo López Mateos se encontraba en la mesa de honor en la comida que se ofrecía al gremio periodístico. Don Paco Martínez, distante de la mesa presidencial, departía con sus compañeros del oficio. Llegó un momento en que las personas que se encontraban cercanas al Presidente, riéndose, empezaron aplaudir. Poco a poco, como un tsunami, toda la concurrencia se solidarizó en ese aplauso festivo. Don Paco preguntó a sus vecinos la razón de tan efusiva celebración, contestándole que no sabían y sin embargo seguían aplaudiendo.

 

Fue entonces cuando Martínez de la Vega dijo: “Los políticos de mi país son como los perros de rancho. Sólo el de adelante sabe por qué ladra.

 

El recuerdo viene porque ahora que el Procurador Jesús Murillo Karam dijo que la explosión en la torre de Pemex fue provocada por una alta concentración de gas, políticos y comentaristas orgánicos se unieron al orfeón declarativo. Y como los perros de rancho se fueron repitiendo lo que desde el tinglado del tlatoani quedó establecido.

 

Contrasta lo antes dicho con la falta de credibilidad que los actores políticos se han ganado a pulso entre el conglomerado social. Peor aún cuando ante la falta de respuestas convincentes dichos políticos recurren a chistes malos que rayan en lo ridículo, pues cuando le preguntaron sobre la maleta hallada con un supuesto artefacto explosivo, dijo con hilaridad sexista, que lo más peligroso que traía dicha maleta era hacia los hombres, por tratarse de cosméticos de mujer.

 

La actividad política está desprestigiada. Los dichos de quienes se dedican a tales oficios están ayunos de ética. No hay una transparencia en sus actos. Las mentiras sofocan el ambiente social y obviamente no se ganan el respeto de la ciudadanía.

 


Esta falta de confianza se ha hecho crónica, tan así que al propio político ya no le causa escozor alguno. Por eso la prevalencia de sus fraseos cínicos: el que no tranza no avanza; un político pobre es un pobre político; con obras hay sobras; quien se mueve no sale en la foto; ese gallo quiere maíz; ni los veo ni los oigo; no hay presos políticos sino delincuentes comunes; etc. Todas constitutivas de su propio referente.

 

De manera que ¿quién les cree a los políticos cuando salen a darnos explicaciones que son verdaderos galimatías? Por eso se dice que los políticos tienen tres cualidades: ser profusos, ser confusos y ser difusos.

 

Profusos porque hablan de manera abundante; es decir, padecen de verborrea. Confusos porque no saben que decir ante situaciones extremas. Y difusos porque son poco claros e imprecisos.

 

Concluyo citando al Presidente Adolfo López Mateos: Cuando un periodista lo cuestionó sobre los logros de la Revolución, a la que su partido dice representar, le dio la siguiente respuesta: “La Revolución Mexicana fue una Revolución perfecta, pues al rico lo hizo pobre, al pobre lo hizo pendejo, al pendejo lo hizo político y al político lo hizo rico.”

 

No cabe duda, hoy esa referencia es más vigente que nunca.

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