martes, 2 de diciembre de 2008

Linchamiento sin fin


A los estudiantes que participaron en el movimiento de 1968 en la ciudad de México los convirtieron también, antes de asestarles aquel golpe mortal el 2 de octubre de aciaga memoria, en objeto de un brutal linchamiento mediático. También de ellos dijeron que eran “vándalos”, “rijosos”, “revoltosos”, “enemigos de la patria”, “criminales” que no merecían sino que se les aplicara todo el rigor de la ley. Y también a ellos se les ofreció diálogo combinado con toletes y escudos, con gases lacrimógenos y puntapiés, y hasta se les extendió la mano desde el balcón presidencial para justificar después la aplicación de eso que se sigue llamando el “estado de derecho”, “la mano firme”, que no es otra cosa sino la aplicación violenta y arbitraria de la ley. Lo que parecen olvidar quienes han llegado ahora al poder en los distintos ámbitos y niveles de gobierno es que la represión hacia los movimientos sociales no hace sino incrementar y extender el descontento, y que termina por volverse, de una u otra manera, como un búmeran ineluctable, contra los propios represores.

La clase política que nos gobierna en esta era de la cohabitación democrática ha coincidido sin ninguna dificultad, más allá de sus diferencias de siglas y de sus guerras sucias, de sus intereses encontrados en la víspera de un nuevo reparto a discreción de las posiciones de poder que se pondrán a disputa, en la condena rabiosa contra los estudiantes normalistas. Digamos que es una reacción conjunta que responde al instinto básico de sobrevivencia. Un movimiento como el que han iniciado los estudiantes en defensa de sus escuelas y del normalismo histórico cuestiona de raíz la política que en materia educativa se propone imponer el gobierno federal en todo el país con la complacencia y en algunos casos con la complicidad de los gobiernos locales. Los movimientos cuestionan de raíz el estado de cosas existente, sobre todo cuando éste no responde a los reclamos legítimos y a las expectativas de la sociedad.

El enfrentamiento que tuvieron los normalistas con la policía estatal se ubica en un contexto específico que se ha querido ignorar. Descontextualizar el conflicto facilita el juicio faccional, maniqueo, moralista, criminalizante, para dar pie a este linchamiento mediático que nos muestra los rasgos más iracundos del autoritarismo en la entidad. Es necesario volver al contexto. Uno de los ejes centrales que contiene la mal llamada Alianza por la Calidad Educativa (ACE) es el examen nacional de oposición como el medio ya único para lograr nuevas plazas y ascensos en el sector educativo. Se trata, en realidad, como lo hemos planteado en otras entregas, de un mecanismo para eliminar las relaciones de contratación colectiva y dejar a los trabajadores sin la mediación gestora de su sindicato. Que el sindicato tenga una dirigencia charra a nivel nacional es un problema que compete a los trabajadores resolver. Las nuevas contrataciones, que se hacen a título individual, en un porcentaje mínimo del universo total de aspirantes, quedan huérfanas de los derechos fundamentales de todo trabajador, como el de basificación y antigüedad.

Si cualquiera puede presentarse al examen, entonces las normales, como centros de formación de maestros, no tienen razón de existir en este nuevo sistema. Por lo que se refiere al nivel básico de educación, los maestros, sin embargo, deben tener una preparación específica, sobre todo por lo que se refiere al conocimiento de los niños y los adolescentes, así como en el manejo de las herramientas pedagógicas adecuadas. La docencia no puede quedar reducida a la transmisión mecánica de conocimientos. Pero esto es algo que no les importa a quienes se proponen hacer de la educación un enorme espacio para el adiestramiento de la nueva servidumbre humana. Uno de los efectos nocivos de la ACE es, precisamente, la eliminación de las escuelas normales en todo el país. Hay que recordar lo que dijo la autodenominada “presidenta vitalicia” del SNTE, Elba Esther Gordillo, con respecto a las normales: había que convertirlas en centros de formación de técnicos en turismo. De manera que los normalistas decidieron constituirse en un vigoroso movimiento nacional para rechazar la ACE y defender, con toda la energía de que es capaz la juventud, sus centros normalistas.

La otra zona del contexto que ya nadie menciona se da en una dimensión local. El candidato Leonel Godoy aceptó hacer alianza con diversas organizaciones y movimientos sociales, entre ellos el del magisterio democrático, para cerrarle en Michoacán el paso a la derecha. Hubo compromisos para que la educación en el estado dejara de ser un sector controlado por unos cuantos y se convirtiera en campo de análisis y de intervención organizada de todos los actores educativos. Pero Leonel Godoy gobernador prefirió privilegiar a una corriente específica de su partido y dejó al magisterio fuera de sus planes. Quienes llegaron a hacerse cargo de la SEE se dedicaron a atacar sistemáticamente, por todos los medios posibles, al movimiento del magisterio del que alguna vez formaron parte y hasta dirigieron. La confrontación entre los funcionarios de la SEE contra la Sección XVIII de la CNTE ha mantenido al sector en un conflicto sin definir. Y es en este contexto en que la encargada de la SEE, Aída Sagrero, declara que rompe relaciones con el movimiento del magisterio y que, por lo tanto, se cierran las puertas a cualquier tipo de gestoría que provenga de allí. Esta medida se hace extensiva a los normalistas. No habrá plaza para nadie que reconozca la mediación gestora de la dirigencia seccional. Como en caso de la ACE, las negociaciones tendrán que ser individuales con la dependencia.

Digamos que el movimiento de los normalistas tiene estas dos causas en su origen, aunque en realidad las dos causas provienen de la misma fuente. Contra el gobierno federal porque a través de la ACE se propone desparecer las normales; y contra los funcionarios de la SEE porque imponen condiciones humillantes para darles a los normalistas lo que por derecho les pertenece. Los jóvenes tienen capacidad para tomar por ellos mismos sus propias decisiones. Decidieron rechazar la ACE y sus efectos perniciosos, y en este camino se encontraron con esa insurgencia magisterial que se extiende a varios estados; y decidieron también reconocer a la dirigencia de la Sección XVIII democrática como legítima. Su movimiento, por ello, cuestiona de raíz las políticas federal y local en materia de educación y de controles en el mismo sector. Por eso su movimiento. El jueves de la semana pasada se concentraron en la Escuela Normal de Tiripetío representaciones de las normales de por lo menos 15 estados del país. Emprenderían una marcha de ahí hacia la ciudad de Morelia para continuar su lucha y, al mismo tiempo, para conmemorar dos fechas negras en que fueron objeto de agresiones con saldo rojo.

El movimiento de los normalistas tendrá que hacer una revisión concienzuda de su estrategia para conseguir el transporte que los lleve a sus acciones de lucha. Pero la represión que se desató sobre ellos fue brutal, desproporcionada, concentrada significativamente en las muchachas, a quienes se les dio un trato indigno no sólo por parte de las autoridades sino de la gran mayoría de los medios. Ni siquiera con el crimen organizado hay este comportamiento visceral. Cuando los autobuses fueron interceptados por la policía y los muchachos se resistieron a bajarse, entonces los agentes la emprendieron contra las unidades. Obligaron a bajar a los estudiantes, la gran mayoría mujeres, y formaron vallas para obligarlas a pasar por en medio y recibir una tunda bárbara de golpes. Luego, como si se tratara de prisioneras de guerra donde sólo ellos, los policías, tienen las armas y el entrenamiento adecuados para el combate, las obligaron a hacer una pila humana sobre el terreno baldío. Fue cuando el resto de los normalistas se reorganizaron para defenderse y repeler la agresión.

Hay que preguntarse por qué la policía y el gobierno se ensañan de esa manera con los normalistas. ¿Por qué la inmensa mayoría de los detenidos fueron mujeres? En un comunicado que las estudiantes lograron hacer salir de Barandilla, ese lugar insalubre y reducido donde las concentraron, ellas denuncian el maltrato y el “manoseo sexual” de que fueron víctimas, además de tortura psicológica y golpes que nadie en los medios oficiales ha querido ver.

Decíamos que uno de los ejes centrales de la ACE es la desaparición de las normales y de toda relación de carácter colectivo con los trabajadores. Se ha dicho que en Michoacán la ACE no ha sido aceptada. ¿Entonces por qué se arremete contra el movimiento de los normalistas y se amenaza con desaparecerlas, empezando por la de Tiripetío. ¿No estamos ante una reproducción local de esa política federal que se propone pulverizar la educación pública?
(Artículo de Ramón Guzmán, publicado en el diario La Jornada de Michoacán, edición del 02 de diciembre de 2008)

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