George Orwell
José Carlos Fernández
La idea de que podamos ser manipulados en aras de oscuros
intereses sin ser conscientes de ello traspasa la barrera de la ficción y se
asoma como posibilidad al mundo real bajo el análisis del autor.
Todos nos sentimos estremecidos al leer 1984, de George Orwell, o al presenciar
alguna de sus versiones en cine. La manipulación mental en masa, la pérdida del
sentido de individualidad, el alma vaciada de cualquier impulso generoso e
idealista, la traición a nuestras íntimas convicciones y a aquellos a quienes
amamos, forman parte del escenario de terror de esta obra. En ella, Orwell
alertaba del peligro del comunismo staliniano y sus métodos de manipulación y
destrucción del ánimo basándose en el miedo. Critica también la pérdida de
palabras del lenguaje, la vulgarización de las expresiones y, algo aún peor, la
introducción de palabras y estructuras lingüísticas que no corresponden a
ningún significado o que desestructuran la mente, como si fuesen virus
informáticos. Un ejemplo, en esta lengua, que Orwell llamó Novilingua, es la
palabra Duplipensar, que es “la capacidad de guardar simultáneamente en la
cabeza dos creencias contradictorias y de aceptarlas ambas, sin conflicto”.
Esto significa la pérdida de la inteligencia y de la libertad interior, la
incapacidad de elegir, de meditar y seleccionar según un criterio propio
aquello que creemos más válido, más cierto.
Resulta curioso comprobar que muchas de estas palabras son muy semejantes en
estructura a las simplificaciones propias de los términos informáticos, lo que
no sería alarmante si después estos términos no pasaran a la lengua cotidiana.
En resumen, estamos ¿“in” o “out”?, o es que quizás vamos a tener que
“reiniciarnos”, porque tenemos un hacker que nos está provocando dolor de
cabeza.
Como decía Séneca, sabemos que es la vida quien configura la lengua, pero
también es cierto que el cómo hablamos expresa nuestra visión del mundo. El
sumergirnos en la literatura clásica nos permite no olvidar una visión poética
de la vida, y el universo mental de un Shakespeare, Camões, Cervantes o Tolstoi
es tan pletórico de matices y colores, que el nuestro, en comparación, es
grisáceo y sin demasiados tonos. Retirar antónimos y sinónimos de los
diccionarios, como hacía el Gran Hermano en la obra de Orwell, era un modo de idiotizar
y hacer más mansos a los ciudadanos, y por desgracia, comprobamos hasta qué
punto fue certera su visión del futuro.
El libro 1984 es una metáfora de nuestras sociedades modernas y los sistemas de
control de masas, omnipresentes –como el Gran Hermano– en la sociedad de
consumo y globalización económica actual. George Orwell combatió denodadamente
contra la enfermedad que lo devoraba, la tuberculosis, para poder terminar su
escrito alertando así a sus contemporáneos y a las futuras generaciones del peligro
que corrían. Demostró una gran agudeza al prever el poder de la televisión y su
posición sagrada en el altar donde otrora brillaba el fuego del hogar.
Teletela, la llama él, y sirve, no solo para ser “sorbido” mentalmente, sino
también para ser vigilado por las autoridades.
Cuando toda resistencia es vencida
Y sin embargo, es quizás solo ahora cuando nos
encontramos con la más pavorosa de sus predicciones. ¿Recuerdan la habitación
101 donde Wingston Smith es torturado y cede a las exigencias de sus verdugos,
renunciando a todo aquello que ama, a su propia alma e identidad, pues el
terror le hace vaciarse, dejar de ser, besar las manos y rendir culto a quien
le destruye? Este es el Gran Hermano, el dios y tótem, cristalizada imagen de
la caverna platónica. Y es que esta obra es una versión dramática, sociopolítica
y fundamentada en hechos históricos de la alegoría platónica de las
almas-sombras encadenadas y esclavas de la propia caverna, que, como la
sociedad globalizada hoy, se protege a sí misma triturando conciencias y
huesos. Wingston Smith, símbolo en esta obra de “El último hombre de Europa”
(este era el título original del libro de Orwell), había superado todo tipo de
torturas, fiel a su alma, fiel a su amada Julia y fiel a su odio a un sistema
deshumanizante. Pero en esta habitacion 101 sus verdugos penetran en las
profundidades del inconsciente y hallan cuál es para cada uno el más terrible y
pavoroso de todos los miedos, y ellos le dan forma. Es una sala de torturas
personalizada para quebrar toda resistencia.
Estos son los conocimientos que ahora comienzan a despuntar en el horizonte de
nuestro mundo, moralmente en ruinas. Lo triste es que se trata de técnicas de
magnífica ayuda al prójimo y de cuyos beneficios todos nos servimos, pero hay
ya sombras que nos hacen sospechar lo peor. La Resonancia Magnética, la
Tomografía Axial Computerizada (TAC) y la Tomografía por Emisión de Positrones
(PET) permiten un diagnóstico y análisis del organismo “en tiempo real” y con
una precisión asombrosa para detectar cualquier anomalía o tumor. Los datos que
suministran están siendo especialmente reveladores también en el estudio de las
momias, y nos están permitiendo descifrar los secretos de cómo funciona el
cerebro. Una de estas revelaciones cuyas consecuencias aún no han sido
suficientemente calibradas es, por ejemplo, la que ha originado el experimento
con una joven británica en estado vegetativo desde hace varios meses, trabajos
efectuados por Steven Laureys, de la Universidad de Lieja, y Adrian Owen, de
Cambridge. Se animaba a esta paciente en coma –y por tanto, según las teorías
actuales, sumergida en la más profunda inconsciencia– a que imaginase un
recorrido por su casa o una partida de tenis, y las imágenes de actividad
cerebral que aparecían en el escáner de resonancia magnética coincidían con las
de un grupo testigo de personas conscientes. Si esto es cierto, resulta que los
pacientes que se hallan en coma, aunque no tienen ningún tipo de actividad
motora voluntaria, sí son conscientes y saben lo que hablamos y, ¿quién sabe?,
quizás también lo que pensamos, puesto que es posible que no se hallen
estrictamente dentro del cuerpo físico, sino solo cercanos a él.
La desgracia es que en un mundo contaminado, física y moralmente, los mejores
esfuerzos son contaminados por el interés y deseo de lucro, sin importar cuán
devastador pueda esto ser para la condición humana. Y no olvidemos que la única
verdadera calidad de vida es la que respeta el sentido de humanidad y sus
valores. Es decir, sin moral no hay calidad de vida; como mucho, puede haber
calidad de consumo, o sea, pan para hoy y terror para mañana. Como expresó un
sabio hindú, cuyo nombre responde a las iniciales K.H., “Vivir es aspirar,
crear, transformarse y triunfar. Todo lo demás es detestable vegetar en una
ignominiosa supervivencia en la indignidad, la abyeccion y el caos...".
¿Quién nos defenderá de aquellos que ya perdieron sus escrúpulos, de aquellos
que pueden hacer curvarse las leyes y las instituciones ante su poder, y para
quienes el mundo entero es como un monopoly en que se puede comprar y vender?
La mente: una caja de seguridad abierta
Extractamos fragmentos de una noticia redactada en el
periódico El Mundo, el 2 de diciembre de 2006, destacando en negrita y
subrayando lo que nos interesa:
La mente era, hasta hace poco, la gran caja de seguridad que encerraba la
solución a estos y otros enigmas, inaccesibles para la ciencia. El misterio se
está empezando a desvelar gracias a las nuevas técnicas de diagnóstico por
imagen. Los escáneres están penetrando sin pudor en la intimidad del cerebro y
descubriendo que la razón de que unas personas se comporten de forma diferente
a otras, de que enfermen o de que no respondan de igual manera a un tratamiento
no es fruto de la casualidad, sino que está escrito en su estructura.
Muchas de estas 'verdades' se han dado a conocer esta semana en la 92 reunión
de la Sociedad Radiológica Americana (RSNA, sus siglas en inglés), la gran
feria de la tecnología del diagnóstico por imagen que cada año reúne en la
ciudad de Chicago (EE.UU.) a más de 60.000 profesionales de multitud de
disciplinas médicas llegados de todo el mundo.
Puede que a la próxima edición de la RSNA acudan también los ejecutivos
de las empresas de marketing. Una de las investigaciones más llamativas
presentadas en esta última ha sido un estudio alemán que ha evaluado mediante
la resonancia magnética (RM) qué zonas del cerebro se activan en la mente
cuando se nos presenta un producto de una potente marca.
Según explicó en el congreso Christine Born, radióloga del hospital
universitario Ludwig-Maximilians de Munich, nuestra mente podría determinar qué
coche nos compramos antes incluso de que nos hayamos sacado el carné de
conducir y nos planteemos esa posibilidad. Este estudio pionero revela
que ciertas marcas comerciales desencadenan una fuerte actividad cerebral que
otras no logran despertar, independientemente del tipo de producto.
El trabajo abre la posibilidad de que las modernas técnicas de imagen
vayan un paso más allá de los sondeos de opinión y de los estudios de mercado a
la hora de conocer los gustos del consumidor. De hecho, pueden
complementar otros métodos que se emplean en un área emergente: la
neuroeconomía.
«Nuestra investigación revela que existe un proceso mental anterior al hecho de
la compra y que tiene que ver en cómo se perciben y procesan las marcas en el
cerebro», explicó Born, para quien este tipo de estudios puede ayudar a
«comprender mejor las necesidades y demandas de los distintos grupos sociales y
para mejorar su calidad de vida».
Lo primero, decir que no sabemos qué mueve a una profesion tan noble y útil
como es la radiología, destinada a diagnosticar la salud o la enfermedad, a
preocuparse tanto por cómo se puede determinar el coche que nos compraremos,
años antes siquiera de tener el carnet de conducir.
Lo segundo, el último párrafo subrayado debe de ser una ironía o una broma de
mal gusto, o quizás esta figura del lenguaje que se llama eufemismo, y que la
Wikipedia define como figura de estilo que consiste en suavizar la expresión de
una idea molesta sustituyendo el término contundente por palabras o
circunlocuciones menos desagradables o más pulidas (o quizás más convenientes
al interés de cada uno).
¿Desde cuándo el marketing se ha ocupado en comprender mejor las necesidades y
demandas de los distintos grupos sociales y mejorar la calidad de vida, en vez
de, hablando llanamente, saber cómo mejor vender un producto? La calidad de
vida de la que se habla aquí no es, desde luego, la que pensamos nosotros, y
que ya explicamos antes, sino la que utilitariamente establece la pirámide de
Maslow, para quien, por cierto, el hombre no es un dios encadenado, sino un
atado de deseos e instintos estructurados consciente o inconscientemente en
torno al propio egoísmo, dentro de la mente humana.
Triste visión de la naturaleza humana, que tanto dolor está causando. Es claro
que se avecinan tiempos duros en que va a ser cada vez más difícil pensar con
claridad y cordura, por uno mismo y según el propio criterio, saliendo de la
masa oscura y anónima de la indefinición y la inercia. Y, sin embargo, ese es,
según todos los sabios, nuestro verdadero destino, nuestra única opción...
humana.